Existe la
terapia individual y en grupo. Para niños, adolescentes y adultos. Terapia por
Skype o en consulta. Terapia con animales. Terapia familiar. Y así unas cuantas
más.
Hay algunos
profesionales que optan por trabajar en terapia con los padres para niños o
adolescentes que se niegan a ir a un psicólogo o a un terapeuta. Por otra
parte, hay problemas que, aunque los exterioricen los niños, se tratan con los
padres por cómo se originan.
Pero también
he visto lo contrario a lo anterior. Niños
que acaban en consulta para que ayudemos a sus padres. No lo dicen, ni
siquiera ellos lo saben, pero he podido comprobar cómola ansiedad por separación de una
preadolescente se originó por el miedo de su madre ante una situación. O cómo das
cita a unos padres para hablar de su hijo o hija y el tema principal (el
objetivo de la sesión) ocupa sólo los 15 primeros minutos y el resto acaba
siendo terapia individual para la persona que ha venido.
En algunas ocasiones, cuando el hijo lleva un tiempo en
terapia, la madre o el padre decide
acudir al psicólogo de manera individual. Aceptan que algo no va bien y que
no todo depende del niño o adolescente. En otros casos, el caso se enquista. Da
igual el método, el tema, los objetivos, los avances y los retrocesos. No importa el esfuerzo que haga el
psicólogo y el niño si el origen del problema no cambia. Y también hay otro
grupo, el grupo en el que justo cuando las mejorías empiezan a ser visibles,
los padres deciden acabar con la terapia de sus hijos. ¿De quién es el problema entonces? ¿Es la dificultad del niño para conseguir
algo o la constancia del adulto?
Es muy
difícil aceptar la realidad. La sinceridad supone ser maduro y valiente.
Valiente para no derrumbarnos al verla y para estar dispuestos a superar
nuestros puntos débiles.
Recordad que
los niños son el reflejo de sus personas
queridas más cercanas. Recordad que es posible que los niños o adolescentes
tengan determinados problemas en los que queramos ayudar. Pero recordad
también, que los adultos debemos estar
igual de sanos como queremos que estén nuestros hijos. Sólo así
conseguiremos criar a personas maduras, equilibradas y capaces de solventar las
dificultades del día a día.
Este martes colgaba en la página de Facebook un
artículo muy interesante de Eduard Punset en el que hablaba de lo mucho que hablamos
las personas y lo poco que escuchamos. Un fragmento de su artículo dice así:
“Aquí, casi todo el mundo tiende a explicar las razones por las que
merecería estar en los altares; los argumentos esgrimidos frente a los que no
quieren escuchar nuestro discurso […] Muy pocos quieren, por el contrario,
escuchar a los demás. Éste es un país en donde no interesa lo que piensan los
otros porque lo único que cuenta es aquello de lo que uno está convencido.”
¿Habéis sentido alguna vez que la persona con la que intentáis hablar
siempre consigue que el tema que has iniciado acabe siendo alguna experiencia
suya? ¿Conocéis a alguien que acapara las conversaciones y realiza monólogos a
pesar de que los demás no le sigan preguntando? Quizá os ha ocurrido que
mientras intentáis contar una cosa, la misma persona os interrumpe una y otra
vez. Seguro que sí.
Esas personas no escuchan porque, simplemente, no les importa lo que vayas a contar. Pero
hay personas que no sólo no escuchan sino que hablan, hablan mucho y de ellos
mismos (de su infancia, de conocidos suyos que están en la misma situación, de
que “justo eso me pasó hace unos días”… y así muchísimos temas más, siempre y
cuando sean ellos los protagonistas de la historia). Son presos de su propio narcisismo y, por tanto, ni siquiera
son conscientes de que es observable para su interlocutor que lo que le está
contando no le interesa.
Por el contrario, seguro que también os habéis topado con ese tipo de
personas con los que os sentís muy bien. Tanto como para contarle cosas que no
creeríais que fuerais a decir. Esas personas con las que podéis hablar y hablar
sin sentiros pesados ni juzgados. Seguramente, esas personas practican la escucha activa. No hace falta ser un
profesional de la comunicación para escuchar activamente. Para ello, sólo es
necesario tener en cuenta algunos principios básicos que, en muchos casos, son
inherentes a cada una de las personas.
Lo primero de todo es tener una actitud
positiva, o lo que es lo mismo, que os apetezca escuchar a esa persona en
ese momento. Ni más, ni menos. Lo siguiente (algo más difícil para algunos) es alejarse de las propias opinones, emociones
y, muy importante, de los prejuicios.
Si estamos pensando en “la tontería que acaba de decir este tío”, difícilmente podremos
escucharle con atención. Otro aspecto muy importante es la empatía. Al entender cómo ve el interlocutor el tema del que está
hablando podremos captar con más detalle diferentes opiniones y perspectivas. Además,
si somos capaces de empatizar con el otro, estaremos alejándonos de nuestro
narcisismo durante ese momento. Y, por último, si queréis que vuestro
interlocutor sepa que le estáis escuchando, no tenéis más que mirarle. Mirar es escuchar la comunicación no
verbal. Por tanto, si escuchamos y miramos, estaremos escuchando al 100%.
Como se puede observar, escuchar activamente está al alcance
de toda persona humana. “Solamente” hemos de querer hacerlo y eso… eso sí que
es más difícil.
En la
familia, la rivalidad entre los hermanos por conseguir el afecto y la atención
de los padres, suele ser el principal motivo de los celos. Las disputas entre
hermanos son algo natural y muchas veces inevitable. En toda relación de
hermanos convive una mezcla de sentimientos agresivos y de amor y, a medida que
se hacen mayores, la rivalidad se supera dando paso a una mayor unión siempre y
cuando los padres actúen correctamente. A pesar de que los celos sean algo
relativamente normal, hemos de prestarle atención si alteran la convivencia y
el desarrollo normal del niño o si son persistentes. Es por esto que esta
semana dedico el blog al tratamiento de este tema.
Para empezar
y puesto que la información visual es de gran ayuda, os dejo un video introductorio
donde se define, a grandes rasgos, qué son los celos infantiles, sus síntomas y
cómo abordarlos.
¿Qué hacer para prevenir los celos? Generar un clima familiar positivo
es de vital importancia para que resulte más fácil solventar los conflictos que
se pueden generar. ¿Cómo?
-Compartiendo
las responsabilidades diarias
-Promoviendo
juegos donde todos tomen parte
-Favoreciendo
la comunicación familiar (EJ: sobremesas)
-Evitando
las comparaciones entre hermanos
-No
mostrando favoritismo por alguno de los hijos
-Dedicándole
a cada hijo la misma cantidad de tiempo en la medida que sea posible
-Educando
con afecto y límites: Es necesaria la combinación de ambas cosas para darles
seguridad.
¿Qué hacemos cuando hay una pelea
entre hermanos? Lo
primero de todo es mantener la calma,
los padres son figuras de seguridad para sus hijos y ver cómo los adultos no
saben reaccionar tranquilamente aumentará su estado de ansiedad. Otro punto muy
importante es el de no intervenir en la
pelea. Es conveniente que ellos solos arreglen su diferencia de opiniones.
Esto les ayudará a desenvolverse fuera de casa. Además, si los padres no
estaban presentes durante el comienzo del conflicto, no sabrán quien empezó. Es
posible que sólo alcancen a ver la acción de un hijo y se le castigue por ello
cuando quizá empezó el otro hermano de manera más sutil.
En el caso
de que sea necesaria la intervención, los padres han de ser justos, escuchar las dos versiones y no hipotetizar sobre quién
pudo empezar. Y si se presentan rabietas, es aconsejable actuar con
tranquilidad retirando la atención comunicándole que se hablará con él sólo
cuando se haya calmado.
Es
importante no tratar a los hermanos por igual, tienen distintos gustos y
necesidades y es conveniente que sean conscientes de ello. Pero, que no sean
iguales, no significa dar más cuidados o pasar más tiempo con uno de ellos.
¿Qué hacer con el hijo celoso?
-Hacerle
partícipe en los cuidados del hermano
-Reconocer
todos los éxitos del niño
-Prestarle
atención y hacer que lo hagan los demás familiares y amigos (que no se centren
sólo en uno de ellos)
-Dedicarle
un tiempo exclusivo durante 5-10 minutos/día en el momento adecuado
-Recordarle
las ventajas de ser el mayor (en el caso de que así lo fuera), que no sean sólo
responsabilidades
-Evitar
las etiquetas “eres un celoso”
-Enseñar
a compartir sus cosas y respetar las del hermano
-Recordar
anécdotas familiares le ayudará a sentirse querido
Y como he
dicho al principio de la entrada, los celos son algo normal en la vida de todo
niño y por tanto no conviene dramatizar. Pero, a pesar de ser algo normal, es
aconsejable estar alerta ante los comportamientos celosos para evitar problemas
posteriores.
El Presidente de la Sociedad Protectora de Animales
de Medellín, Anibal Vallejo Rendón, escribió un artículo donde explicaba que hace
160 millones de años se desarrollaron las aves, los perros y los gatos mientras
que el ser humano no surgió de los primates hasta hace cinco millones de años
aproximadamente. Sabiendo esto, es normal que los humanos no puedan vivir sin
los animales o sin las plantas. Además, las personas que tienen una mascota
padecen menos estrés y tienen la tensión más baja que los que no tienen.
Incluso el mero hecho de observar pasivamente a los animales puede llegar a
reducir la tensión, el miedo y la depresión.
¿Por qué son tan importantes los
animales en nuestra vida y en especial en la de los niños y adolescentes? Porque los animales de compañía se
comportan de manera equilibrada, alegre, sensible, atenta y cariñosa y porque
fomentan el desarrollo de la responsabilidad y la autonomía. Además, para los
adolescentes pueden suponer una figura de comprensión familiar en
contraposición al distanciamiento que experimentan con sus figuras paternas,
actuando como estabilizadores del ánimo. Si han tenido un mal día en clase,
saben que su mascota vendrá a saludarle nada más llegar a casa. Si se ha
peleado con algún/a amigo/a o le han hecho una broma pesada, podrá olvidarlo
jugando con ella. Si están tristes, pueden pensar en anécdotas divertidas animal-dueño
o contárselo puesto que ayuda a la verbalización y nunca juzga.
¿Qué nos pasa cuando nuestro animal
de compañía fallece? Psicólogos
de la Universidad de Nuevo México (EEUU) afirman que las personas
experimentamos la muerte, pérdida o robo de un animal con la misma intensidad
que la muerte de una persona pudiendo llegar a seis o más meses de dolor por la
pérdida, en ocasiones, traumática.
Cuando un
ser querido muere, es totalmente comprensible sentir tristeza, expresar dolor y
esperar que los amigos y familiares comprendan la situación generando una red
de apoyo. Por tanto, puesto que los animales de compañía también son seres
queridos, ¿Por qué debería ser diferente?
El vínculo creado entre la persona y
el animal se crea,
en la mayoría de los casos, con apoyo,
amor y lealtad. La mascota y su dueño forman parte de sus vidas mutuamente.
Las mascotas siempre están presentes en los momentos de las personas, tanto
buenos como malos. Y es en este último grupo de momentos en los que algunas
personas desaparecen pero el animal siempre se queda fortaleciendo aún más el
vínculo. Por la otra parte, las personas que deciden tener mascotas los cuidan,
los crían, les dan de comer, satisfacen sus necesidades fisiológicas básicas y
las no tan básicas (juegan, duermen juntos, ven la televisión, se hablan, se
abrazan…).
Por
desgracia, la pérdida de una mascota y
su consiguiente dolor no es algo socialmente aceptado al 100%. Hay personas
que juzgan estos sentimientos opinando que el dolor es inapropiado. ¿Entonces? ¿Qué pasa si me siento tristepor la pérdida de un ser querido
diferente a mí? (al fin y al cabo, las mascotas son eso ¿no?).
Lo primero
de todo es permitirnos sentirlo. Permitirnos sentirnos tristes y echarle de
menos, hacer el duelo y expresar esos sentimientos. Es bien sabido que la
palabra ayuda en la sanación. Verbalizar esos sentimientos desahoga y cuando
nos desahogamos el cerebro queda liberado para poder buscar ganas de superarlo.
Para verbalizarlo es aconsejable buscar un interlocutor que nos escuche
activamente y con comprensión. No hay consejos para ciertos temas, no hay
recetas mágicas. Sólo escucha activa. Otra forma de desahogarnos y expresar
estos sentimientos es la de escribir lo que nos pasa y cómo nos sentimos y
luego romperlo otirarlo ya que volver a
leer esos textos puede conectarnos con el dolor y provocar el efecto contrario.
¿Cómo actuamos con las personas
mayores que sólo tenían la compañía de esa mascota y ya no está? La compañía de los familiares y
amigos es muy importante tanto para acolchar el sentimiento de dolor como para reducir
la situación de compañía constante de la mascota hacia la soledad diaria tras
su muerte. Y repito, no es momento de consejos y de salvaciones, es momento de
acompañar, escuchar y comprender.
¿Cómo explicamos a los niños/as que
su mascota ha muerto?
Con delicadeza, dando las explicaciones necesarias y suficientes para su
desarrollo dependiendo de su edad. No es necesario darle muchas vueltas pero es
del todo contraproducente mentirles. Decirles que su mascota se escapó puede
parecer una estrategia de protección pero eso sólo supondrá que vivan con la
fantasía de que algún día volverá, haciéndole daño durante más tiempo. Que los
adultos expresen lo que sienten puede ayudarles a elaborar sus propios
sentimientos. Es un trámite duro pero es real y, por tanto, es importante que
lo afronten.
Para
terminar, hay estudios que demuestran que los niños que tienen animales de
compañía son más equilibrados, resistentes y tolerantes que los que no lo
tienen y aprenden a relacionarse con mayor eficiencia así como a asumir
responsabilidades.
¿Y tú? ¿Tienes una mascota? ¿Cómo te
relacionas con ella? ¿Cómo crees que ha influido en ti?